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Entró en una mara con nueve años. Agustín Coroy, ex pandillero guatemalteco

El pandillero de Guatemala reconvertido en conferenciante contra la violencia

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Un programa de reinserción le ayudó a conseguir un empleo y, ahora, recorre países reclamando programas de prevención para los jóvenes

 

"Yo quería ser ingeniero de sistemas pero lo primero que aprendí a desarmar fue una pistola de 9 milímetros", asegura Agustín Coroy, quien dice ser un ex miembro de Barrio 18, una de las dos pandillas más sanguinarias de Guatemala.

Su historia no dista mucho de la de miles de jóvenes que crecen en barrios marginales y azotados por la violencia de este país centroamericano y que ven en las pandillas Barrio 18 o en la Mara Salvatrucha el único refugio para huir de la violencia intrafamiliar o de la pobreza extrema en la que viven.

La diferencia es que, mientras la mayoría de estos jóvenes son asesinados o caen presos antes de cumplir los 25 años, Coroy pudo salir con vida gracias a un programa de reinserción para pandilleros lanzado en 2008 con el apoyo de EEUU mediante el cual varias empresas ofrecieron empleo a varios pandilleros cambio de que abandonaran su actividad delictiva.

Sin embargo, Agustín Coroy no se conformó con salir de Barrio 18 tras "pertenecer a esta pandilla durante 14 años", sino que, además, se convirtió en conferenciante contra la violencia viajando incluso a otros países, como Colombia , donde acaba de impartir una charla para dar ejemplo de que es posible dejar de formar parte de una organización criminal de este tipo.

Las pandillas, con decenas de miles de miembros en el denominado Triángulo Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador) se nutren de menores de edad pertenecientes en su mayoría a familias desestructuradas, a quienes reclutan para exigir el dinero de la extorsión a la que someten al transporte público y a los comerciantes y asesinar a quienes no pagan este impuesto que, según estas organizaciones, tiene el único objetivo de garantizar la seguridad en el barrio. Este sanguinario negocio reporta anualmente a las también conocidas como maras 180 millones de quetzales (24 millones de euros), según datos de la Defensoría del Usuario del Transporte de la Procuraduría de los Derechos Humanos, a los que habría que sumar las extorsiones a los comerciantes.

En todo este entramado criminal entró Agustín Coroy con apenas nueve años de edad. Tras el suicidio de su padre, fue enviado a casa de sus abuelos y tíos donde sufrió malos tratos, así que en la primera oportunidad que tuvo, según relata a EL MUNDO, se tiró "a las calles, donde encontré a un montón de niños que ya inhalaban pegamento y cocaína y fumaban marihuana, por lo que me junté con ellos con quienes comencé a hacer una familia".

Coroy, que en la actualidad cuenta con 33 años y que es padre de tres hijos de nueve, siete y dos años, recuerda cómo fue su primer contacto con las pandillas. "Un día, unos jóvenes con tatuajes y gorras me vieron en la calle y me dieron dinero para que les comprara un par de cervezas", señala.

Poco a poco, les fue haciendo más favores de este tipo, ya que a cambio, le daban dinero con el que costearse su adicción al thinner, un diluyente de bajo costo muy popular entre los menores de edad que viven en las calles de Latinoamérica y que lo inhalan para evitar el hambre.

"Buscaba amor y sentido de permanencia"

"Yo mismo llegué hacia las pandillas, porque buscaba atención, sentido de permanencia y amor, algo que encontré pero en un lugar negativo", asevera, al tiempo que recuerda que fue a los nueve años cuando pasó el denominado chequeo en Barrio 18, donde recibió una "gran paliza durante 18 segundos" para "brincar" y formar parte así de esta pandilla.

Coroy cuenta que a los nueve años y medio ya tuvo su primera arma de fuego, de forma que cuando empezó a involucrarse en la pandilla "solo pensaba en hacer cosas malas, pero también tenía en mente hacerle daño a mi familia por los malos tratos que había sufrido".

A partir de entonces, comenzó a estar recluido en diferentes centros de detención de menores y pocos años después acabaría en la cárcel de adultos tras salvarse previamente de dos ataques armados, uno con pistola y el otro con una granada que le causó graves heridas en un ojo.

A la pregunta de si llegó a matar a alguien, Coroy se pone tenso y responde: "La verdad, le voy a ser honesto. Yo hice un montón de cosas que a veces, ni contarlas es bueno porque son muchas cosas que se hacen dentro de la pandilla donde no hay niños inocentes".

Sin aclarar este extremo, el ex pandillero indica que creció en el barrio El Mezquital, situado en Villa Nueva, colindante a la Ciudad de Guatemala, y uno de las zonas más azotadas por la violencia. Sólo entre enero y mayo ha dejado en el país 2.186 víctimas, según el Instituto Nacional de Ciencias Forenses de Guatemala. En el pasado ejercicio, 4.528 personas fueron asesinadas en Guatemala, tal como revela la organización Jóvenes Contra la Violencia, fundada en 2009 y a la que desde entonces pertenece Agustín Coroy.

Así, reconoce que tras varios años involucrado en la pandilla, se dio cuenta de que no era feliz y que seguía necesitado del amor que no había recibido en su familia. Por ello, tras salir de la prisión comenzó a trabajar como pastelero y, gracias a la iniciativa Desafío 200 destinada a reinsertar a ex pandilleros, encontró un empleo en una empresa de lácteos. Sin embargo, para Coroy, lograr desvincularse de la pandilla no era suficiente, ya que lo que él quería era "ayudar al país" y compensar de alguna manera el daño que había ocasionado durante sus años en Barrio 18.

Por este motivo, comenzó a dar charlas entre los jóvenes de su barrio para "cambiarles su perspectiva de vida" y lograr que "alcancen sus sueños" alejándose del imán que suponen las maras. Preguntado sobre si ha sufrido amenazas tras abandonar la pandilla, Coroy explica que dentro de las maras se manejan unas reglas "bien estrictas" que él ha cumplido, como "no estar robando ni estar haciendo lo mismo" que hacía en la pandilla tras salirse de ella.

En sus conferencias, que ha impartido incluso en Austria, destaca la importancia de crear programas de prevención de la violencia en las comunidades más azotadas por ésta, con el fin de tratar que los penales de Guatemala no estén llenos de pandilleros y delincuentes que apenas superan los 18 años.

En este sentido, Jóvenes Contra la Violencia, entidad en la que colabora, ha puesto en marcha la iniciativa Instinto de Vida. Su objetivo es reducir a la mitad la tasa de homicidios en Guatemala en 10 años, a través de talleres y actividades donde se involucren los jóvenes para impedir que aprendan a manejar un arma y evitar así que se repita la historia de Agustín Coroy.

 
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